Historieta animada · Libro de Narda · Cuentos y poemas

El entierro

Un cuento de Silvia Bernarda Olguín Zamora

Los textos de cada viñeta son fragmentos textuales del cuento, en su orden original, sin cambios. Publicado en la sección «Cuentos Vivos» de VerbalVision. Al oprimir «Ver el cuento», tras una breve pausa parte la narración grabada y la historieta avanza sola; la voz se puede apagar para solo leer.

Idioma
Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 1 de 13

Vivíamos en la Séptima Región, cerca del Santuario de la Naturaleza llamado Achibueno, un hermoso paraje cercado de bosques que se caracteriza por una rica diversidad de flora y fauna, con luminosos espejos de aguas, cascadas y glaciares, cuya ciudad más cercana es Linares.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 2 de 13

Nuestra familia constituida por mi padre, Juan, mi madre, Delfina, y cuatro hermanos menores, siendo yo la mayor, habitábamos en una casa bien provista situada en uno de sus bosques, donde los arbustos se desplegaban generosamente y las flores, de los más variados colores, crecían libremente.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 3 de 13

No muy lejana a nuestra casa se hallaba una bodega dividida en diversas secciones destinadas a mercadería y cosechas, herramientas y un tractor. Algo más distante, casi al pie del cerro, se levantaba un amplio galpón, donde cercados por corrales se criaban gallinas, chanchos, vacunos, y otros animales domésticos.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 4 de 13

De la necesaria educación y primera instrucción se encargaba en ese tiempo nuestra madre, con la ayuda de un preceptor que venía algunos días al mes, quienes nos enseñaban a leer y escribir, debido a que la escuela se hallaba en la ciudad de Linares, algo alejada de la heredad, por lo que resultaba algo dificultoso nuestro traslado, de modo que se estimó como mejor que llegáramos a la escuela algo más crecidos y lo más adelantados posible.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 5 de 13

Cuando mis padres debían salir a la ciudad, quedábamos al cuidado de nuestra abuela materna, doña Flora, quien nos entretenía con cuentos y relatos propios del campo que nos transportaban al mundo mágico de la narrativa folklórica y supersticiosa del mundo campesino, como las aventuras de Pedro Urdemales, ese personaje mítico tan conocido en nuestro país; también las apariciones del diablo y la búsqueda de los entierros que contenían grandes tesoros, que eran los que más fascinaban nuestra imaginación de niños.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 6 de 13

Sin embargo, en más de una ocasión, estimando conveniente prepararnos para algo mayor, nos daba a conocer sucintamente las interesantes historias y dramas de la literatura española, que eran las que ella conocía por haberlas leído, como Fuente Ovejuna, El Alcalde de Zalamea, La Vida es Sueño y otras, con la intención no declarada de incorporar en nuestra creciente joven humanidad los conceptos y valores de justicia, verdad, hidalguía, solidaridad y rechazo del abuso y la deshonestidad. Así discurría nuestra vida, tranquilamente, en medio de la belleza y tranquilidad del campo, sin los apremios y la algarabía de la vida citadina.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 7 de 13

Sin embargo, esta apacible vida se vio quebrada por la muerte de la abuela paterna, de reconocida fortuna, a quien poco conocíamos, ya que sus visitas no eran frecuentes. Una vez afrontado el duelo, mi padre, que era hijo único, se hizo cargo de sus bienes, y entre ellos un cofre con valiosas joyas donde el oro, las perlas y piedras preciosas tomaban forma en anillos, pulseras, camafeos, collares y otros adornos, todos muy apreciados y que se transmitían de generación en generación, como era la antigua costumbre. Realizado el sepelio, por comprensibles razones de seguridad mi padre llegó a la casa con el citado cofre, el que entregó a mi madre para su resguardo, quien lo puso en un ropero situado en su dormitorio.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 8 de 13

Días después, a pesar de un fuerte aguacero que azotaba el lugar, mis padres se vieron obligados a salir a la ciudad a comprar mercadería, dejándonos al cuidado de nuestra abuela materna Flora, quien acostumbraba por las tardes a dormir siesta, por lo que permanecíamos jugando solos durante ese lapso. Siendo yo la mayor, a la sazón de alrededor de ocho años de edad y recordando las historias de la abuela sobre entierros y el cofre de las joyas, propuse jugando a mis dos hermanas menores hacer un entierro propio.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 9 de 13

Fui entonces al dormitorio y retiré el cofre, que se guardaba sin llaves, y advirtiendo a mis hermanas que yo haría un entierro como aquellos que la abuela había descrito en los cuentos, por lo que debían guardar silencio para después hacer la búsqueda, salí al bosque cercano y en el lugar que me pareció apropiado hice un hoyo de cierta hondura, ya que la tierra estaba blanda debido a las intensas lluvias, y sacando del cofre todas las joyas las enterré, tapando la cavidad con la misma tierra, todo disimulado con hojas y arbustos, para dar la impresión que nada había sido removido.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 10 de 13

Volví a casa y guardé el cofre en el mismo lugar desde donde lo había sacado. La abuela ya se encontraba despierta y mis hermanas, que se encontraban jugando, nada me preguntaron, por lo que el asunto, es decir, el juego, quedó olvidado.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 11 de 13

Pasaron varios meses, llegó el verano, y un día cualquiera se siente en la casa un gran alboroto. Mis padres y la servidumbre, muy agitados revisaban todo; mi madre, llorosa, decía que había guardado bien el cofre en el mismo lugar donde ahora lo encontró vacío; mi padre la interrogaba diciéndole que a lo mejor las había sacado del cofre y puesto en otro lugar. Las preguntas se sucedían una tras otra, pero nadie sabía nada y tampoco podía culparse a nadie porque todos los que estábamos siempre en la casa eran gente de la familia y de entera confianza. En un momento determinado, mi madre se dirige a mí, ya que era la mayor, y sin esperanza de encontrar respuesta a este desasosiego, me pregunta: —¿Tú, hija, has visto las joyas que estaban en el cofre? —Y yo, que había olvidado el episodio, recordando el entierro le contesto sin darme cuenta de la gravedad y magnitud de lo hecho: —Sí, mami, como la abuela nos contó que cuando hay un entierro de un tesoro, se ven luces y siempre se puede encontrar, yo hice un hoyo para que el lugar no estuviera tan oscuro en la noche; después se me olvidó...

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 12 de 13

Entonces, desde ese momento, se inició una actividad febril, donde todos, con palas y azadones, junto conmigo, quien debía guiarlos, salimos a buscar el lugar, pero como había pasado tanto tiempo y todos los árboles los veía iguales, la búsqueda se hizo infructuosa ya que en las múltiples excavaciones, que se prolongaron alrededor de una semana, no se encontró nada.

Ilustración en acuarela de una escena del cuento «El entierro»
Viñeta 13 de 13

Nunca recordé donde las había puesto, las joyas se perdieron para siempre y es un misterio hasta hoy, que soy adulta. Como era natural que ocurriera por este desafortunado episodio, inspirado por los cuentos de la abuela, fui reprochada del gran daño que inocentemente provoqué y castigada con la severidad del caso, escarmiento que el amor de mis padres atenuó, siendo bautizada en lo sucesivo por los que conocieron la historia con el sobrenombre de “La niña del entierro”...

Saliste del cuento

«El entierro», de Silvia Bernarda Olguín Zamora.
La narración y el avance quedaron detenidos.